Actividades


Recuerda que…comenzábamos, con el análisis de la novela que leyeron.

            Las actividades a realizar, serán las que debían hacer en clase (45 minutos por actividad) (tomando en cuenta la fecha del 18 de marzo al 3  de abril del 2019)

            Las actividades, me las podrán mandar al correo (mtsrespa@gmail.com) por día, semana o el primer día de cleses (20 de abril) (si tienen la libreta en casa, pueden realizarlas en la misma; si no, lo pueden hacer, en hojas  o una libreta extra (si hubiera alguna corrección   y las actividades me las enviaron, la realizaré, por el mismo medio) (le tomas foto, a las actividades y las envías)

            Si hay dudas, me las pueden hacer llegar, por el correo (contestaré lo más pronto posible)

Act. 1 Analiza (los personajes principales) protagonistas y antagonistas. Características físicas y sicológicas.

-          Tiempo en que transcurre la historia.
-          Describe la época, en que transcurre.
-          Describe los espacios (lugares)
-          Parafrasea la introducción, desarrollo, clímax y conclusión.

Act. 2 Redacta 5 aspectos que te gustaron de la novela y argumenta tu respuesta.

Act. 3 Redacta 5 aspectos que no te hayan gustado y argumenta.

Act. 4 Lee la siguiente crónica y responde las preguntas.

1823. La ciudad cambia de muebles
Hay un relato que afirma que la campana más antigua de la Catedral fue fundida con uno de los cañones con que Cortés tomó Tenochtitlan. Ya se sabe: las leyendas son amasijos, artefactos que funden lo histórico, lo maravilloso. A mí me gusta pensar, sin embargo, que gracias a aquella campana en la ciudad de México se pudo escuchar el fragor de la Conquista convertido en música.
Italo Calvino escribe que todas las ciudades del mundo han sido construidas con remiendos de otras: con los mármoles de Ravena, algún día se engalanó Aquisgrán. En un tiempo muy lejano, de la lava de los volcanes surgió el tezontle con que se hicieron los templos de la ciudad azteca. Con esa misma piedra los conquistadores españoles levantaron otra ciudad, una ciudad de lava petrificada: la capital de la Nueva España. El templo de Huitzilopochtli se transformó de ese modo en hospital o en colegio; con los bloques extraídos del Calmecac se construyó la antigua Catedral.
Todo se recicla en el gran horno de la historia. Mientras se destruye y se reinventa, la ciudad conserva algunos trastes, unos pocos cachivaches que va arrastrando de un sitio a otro. En 1823, ofendido porque el hermoso Caballito de Tolsá pisaba con una de las patas traseras un carcaj y unas flechas (símbolo de la dominación española sobre los aztecas), el héroe de la Independencia Guadalupe Victoria ordenó que la estatua fuera retirada y convertida en monedas. El historiador Lucas Alamán impidió que aquel crimen fuera consumado y, para aplacar el furor patriótico del general Victoria, propuso que el Caballito fuera apartado de la vista del público. La estatua ecuestre de Carlos IV quedó encerrada durante treinta años en el patio de la Universidad. De las cuatro soberbias puertas de hierro que la rodeaban, tres fueron fundidas y enviadas a la Alameda en forma de bancas. La única que sobrevive se halla a la entrada del Castillo de Chapultepec: es precisamente la puerta por la que se entra al gran patio, la puerta que cruzaron, de Maximiliano a Lázaro Cárdenas, una veintena de mandatarios (el Castillo dejó de ser residencia presidencial el 3 de febrero de 1939).




A finales del siglo XVIII el Cabildo decidió embellecer el atrio de la Catedral. En un santiamén instaló en la banqueta ciento veinticinco pequeños postes unidos entre sí por elegantes cadenas de hierro. En ese sitio, bajo la copa de fresnos recién plantados, surgió uno de los puntos de reunión más deliciosos de la metrópoli, “un mundo de ensueño, de conversaciones románticas, de felicidad hurtada a los vaivenes políticos”: el Paseo de las Cadenas, un gran centro de sociabilidad informal al que la gente de tono acudía al caer la tarde para presenciar, entre otras cosas, el espectáculo de una sociedad orgullosa de sí misma.
En 1881 los postes fueron retirados y recluidos no se sabe dónde. Lo cierto es que más de un siglo después, en 1967, algunos de ellos fueron reutilizados en las obras de embellecimiento de la antigua plaza de Santa Catarina, en la esquina de Brasil y Nicaragua. Resulta extraño verlos: son los mismos que aparecen en las litografías, en centenares de fotos color sepia, aunque no columpian ahora a los aristócratas de los que hablaban, en el siglo XIX, las crónicas periodísticas, sino a la corte de indigentes que pululan por esos rumbos.
En 1897 el arquitecto francés Émile Bénard ganó el concurso que le dejaría construir el nuevo Palacio Legislativo, un suntuoso edificio que el gobierno porfiriano deseaba convertir en su máximo emblema. Bénard encomendó al brillante Jesús F. Contreras la fundición de un águila que iba a coronar la cúpula del recinto, y le compró al famoso escultor animalista francés Georges Gardet un par de leones, con los que pensaba adornar la magna escalinata del Palacio.
La Revolución mexicana truncó el sueño de Bénard. Del máximo emblema del porfiriato sólo quedó la cúpula, que no es otra cosa que nuestro actual Monumento a la Revolución. El águila fue embodegada; los leones escaparon del circo al que originalmente habían sido destinados, y desde 1921 custodian la entrada al Bosque de Chapultepec. En 1940 Luis Lelo de Larrea sacó de las sombras el águila esculpida por Contreras y la colocó en la cima de un adefesio conocido como Monumento a la Raza.
A principios del siglo XX el injustificable manoteo de un hombre ilustrado, el eminente secretario de Instrucción Pública Justo Sierra, provocó la demolición de la Real y Pontificia Universidad de México (uno de los tres edificios barrocos más bellos de la ciudad, según dictamen de Francisco de la Maza). El odio de Sierra por la antigua universidad católica —que en su opinión, durante trescientos años no había hecho otra cosa que “argüir y redargüir aparatosos ejercicios de gimnástica mental, en presencia de arzobispos y virreyes”— le llevó a confundir “las piedras con las ideas”.
La portada del salón general del edificio se salvó de milagro. Aquel tesoro del arte barroco, obra del arquitecto Ildefonso Iniesta Bejarano (autor de las fachadas de la Santa Veracruz, el Oratorio de San Felipe Neri y la iglesia de la Santísima, entre otras) fue desmontado y almacenado en una bodega. De ahí lo sacó en 1923 el extraordinario José Vasconcelos, quien lo mandó reconstruir y más tarde empotrar en la fachada del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Este gesto de Vasconcelos permitió que un eco del mundo colonial siguiera latiendo entre nosotros (las puertas de entrada de la Universidad fueron compradas por el University Club a un anticuario: hoy sirven como guardapolvos en una de las habitaciones de ese club).
En 1910, año en que el Reloj Chino fue colocado en el viejo paseo de Bucareli, una fuente diseñada por Manuel Tolsá, que se hallaba en ese sitio, salió desterrada hacia la remota plaza de Loreto. Es un alivio verla ahí porque, durante continuas y sucesivas mudanzas, los veleidosos Justo Sierra de la ciudad no sólo cambian de lugar los muebles. Por lo general, los tiran.
1.     ¿Qué relata esta crónica?
2.     ¿Cuál supones que es su propósito?
3.     ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4.     ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5.     Redacta una paráfrasis.

1860. La leyenda de los túneles secretos
En la década de 1860 la Reforma exclaustró a las órdenes religiosas e innumerables conventos quedaron abandonados. Algunos se convirtieron en calles. Otros, en vecindades. Los obreros que demolían los muros de Santo Domingo, uno de los edificios religiosos más antiguos de la ciudad, encontraron trece momias emparedadas, en perfecto estado de conservación. Una de ellas era, al parecer, la del célebre fray Servando Teresa de Mier. Se le encontró con las ropas deshechas y largas madejas de cabello gris. Las momias fueron expuestas a la curiosidad pública y luego compradas por un empresario circense que las exhibió en Europa como “víctimas de los atroces crímenes de la Inquisición”.


Como toda ciudad antigua, la de México suele seducir a sus habitantes cuando abre los baúles donde guarda historias no contadas: sus objetos perdidos. Todos se congregan entonces alrededor de la anciana aristócrata, para escucharla.

La soberana de los lagos tenía muchas historias que contar aquellos días. Los edificios centenarios a los que la piqueta de la Reforma iba convirtiendo en polvo mostraba por vez primera secretos escondidos por siglos. La prensa de la época hablaba de tesoros fabulosos que los encargados de la demolición hallaban en las tumbas de los frailes. Cálices y copones de oro. Santísimos Sacramentos repletos de esmeraldas y rubíes. Fortunas escondidas en las tumbas de las monjas.
Y también, de historias sobre túneles y pasadizos que conectaban, secretamente, la Catedral y las iglesias principales.
Había nacido una leyenda urbana que durante siglo y medio iba a seducir, con su promesa incumplida, a los habitantes de México.
En los primeros años del siglo pasado, un reportero de El Imparcial aseguró que había caminado “bajo el suelo de México”. En los años dorados de su ministerio, la década de 1930, un cronista de El Universal, Jacobo Dalevuelta, afirmó que había explorado una galería subterránea que partía del ex convento del Carmen. Su crónica causó revuelo en una ciudad en la que todos habían escuchado relatos asociados con túneles secretos: pasajes subterráneos que los poderosos del tiempo virreinal utilizaban “para huir expeditamente” —decía Dalevuelta— o “para moverse sin ser vistos”.
Aquellas crónicas comprobaban lo que todos sabían desde siempre: que bajo nuestros pies se hallaba una ciudad oculta, un húmedo y oscuro sistema de laberintos donde se habían gestado las historias predilectas de la tribu: leyendas sobre monjas, fetos y tesoros enterrados, torturas, crímenes y aparecidos. Ni la construcción del Metro, que entró a saco en el subsuelo de las principales calles del centro, ni los alarmantes niveles de hundimiento que la urbe registró en el siglo XX (hoy estamos diez metros por debajo del nivel en que caminaba la gente del porfiriato) lograron demoler el pedestal de cemento armado en que descansaron siglo y medio de “certezas”.
Tomo un taxi en Paseo de la Reforma. Al volante hay un chofer deseoso de platicar. No recuerdo cómo me embrolla. Sólo sé que la anciana aristócrata ha abierto el baúl y que el conductor me tiene fascinado con esta revelación: la línea 2 del Metro no termina, como todos creemos, en Cuatro Caminos. No. La línea 2 del Metro continúa hasta el Campo Militar, donde existe una estación secreta, pensada para movilizar al ejército hacia el centro, en caso de que ocurran disturbios. “Lógico —dice el taxista—, ¿usted cree que el gobierno no ha pensado cómo mover al ejército en horas pico?”.
Esa noche busco en Google “Misterios del Metro” y “Pasadizos subterráneos en la ciudad de México”. No sé si estoy en 1860, en 1930, o en la segunda década del siglo XXI. No lo sé: hay gente que asegura que existe una estación oculta —“una interestación”, le llaman— entre las estaciones Constituyentes y Auditorio, que sirve para salvaguardar, en caso de guerra, la integridad de la familia presidencial. Hay gente que asegura que en los centros comerciales de Santa Fe e Interlomas existen pasadizos “para que la gente VIP de la ciudad se pueda mover de un lugar a otro, sin ser reconocida, y sin peligro de ser secuestrada”. Hay incluso un internauta que confiesa: “El único túnel real y verdadero que existe en el DF corre del Palacio Nacional hasta Los Pinos y es por razones de seguridad nacional. No te diré nada al respecto, pero yo lo he recorrido”.
En ese mundo inquietante la Catedral se comunica con Santo Domingo, la Santísima y Santa Teresa. En ese mundo inquietante existe un túnel “en el que cabe un auto”, para que el presidente pueda ir del Palacio Nacional a San Lázaro. En ese mundo hay sectas oscuras que desde tiempos de la Colonia realizan misteriosos rituales en galerías soterradas a las que no ha tocado nunca la luz del sol. En ese mundo inquietante hay leyendas de frailes jesuitas que en la época de la Colonia se perdieron para siempre bajo la tierra en laberintos cuya ubicación fue protegida por votos de silencio.
Y hay, también, sacristanes, veladores, meseros de rancios restaurantes que afirman que alguna vez pudieron constatar dichos prodigios.
Apago la computadora con un escalofrío. La ciudad oculta me ha alcanzado. Esta noche parece más viva que la nuestra.
1.     Qué relata esta crónica?
2.     ¿Cuál supones que es su propósito?
3.     ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4.     ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5.     Redacta una paráfrasis.

1915. La mano de Obregón
Una mañana de sábado de hace muchos años vi por primera vez la reliquia más insigne de la Revolución. Una mano engarrotada, amarillenta, con las uñas de los dedos bien cortadas, que flotaba en un frasco de formol. La mano que Álvaro Obregón perdió en Santa Ana del Conde, en 1915. Desde 1935 ocupaba el lugar de honor de un monumento dedicado al general, y erigido en el sitio en donde alguna vez estuvo el restaurante La Bombilla.

Una amiga que me acompañaba aquel sábado a caminar por San Ángel, me hizo notar que la línea de la vida del general era bastante larga. Obregón murió, sin embargo, antes de cumplir 50 años.
Inquieta la relación del pueblo mexicano con los órganos, los miembros y las extremidades de sus próceres: la pierna de Santa Anna, la cabeza de Villa, la lengua de Belisario. La mano pulposa y desgarrada de Obregón —unas tiras de tejido que bajaban por el brazo le colgaban atrozmente— fue exhibida en aquel monumento durante 58 años, hasta que el gobierno de Salinas de Gortari tomó la decisión de incinerarla. En 1989 una urna que contenía las cenizas fue llevada a Huatabampo: ahora reposa junto a los restos del caudillo.
Que yo sepa, nadie se preguntó jamás dónde estuvo el brazo mutilado de Obregón entre 1915, en que fue arrebatado por una granada, y 1935, fecha en que reapareció para ser exhibido en el monumento que el arquitecto Enrique Aragón levantó para ese efecto. En Álvaro Obregón. Fuego y cenizas de la Revolución Mexicana el historiador Pedro Castro hace un relato digno de la pasión mexicana por los miembros de sus próceres.
Una granada villista dejó pendiendo como un hilacho el brazo derecho del general. El mayor Cecilio López se lo acabó de cercenar. Enfermeros de Sanidad Militar lo metieron en un frasco de formol. Era el 3 de julio de 1915. Obregón diría después que para encontrar el brazo entre la multitud de cuerpos caídos en batalla, uno de sus ayudantes sacó del bolsillo un azteca de oro y lo lanzó al aire: “Inmediatamente, el brazo se alzó del suelo y lo atrapó”.
El general Francisco R. Serrano, que en aquellos años aún era amigo de Obregón —una década más tarde sería asesinado en Huitzilac por órdenes del caudillo—, pidió que le entregaran la extremidad, “para conservarla como un recuerdo de aquella acción guerrera inolvidable”. Quienes tenían el brazo en su poder, se lo entregaron. Esa misma noche Serrano decidió correrse una parranda como las que narra Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo. Cuando volvió en sí, ya no estaba el brazo. Unas prostitutas se lo habían robado.
Obregón fue asesinado en La Bombilla por un supuesto caricaturista que se acercó a mostrarle sus dibujos. En algún momento del lustro que siguió, el brazo apareció en un burdel de la avenida de los Insurgentes. El primer nicho donde se le exhibió estuvo en la sala principal de aquel negocio. Los parroquianos que llegaban al prostíbulo lo miraban a veces con burla, a veces con asco. Castro relata que durante una francachela encabezada por el general Eugenio Martínez, otro enérgico obregonista que terminó perseguido por el grupo sonorense, “algún chistoso extrajo el brazo amputado de su depósito y, en juego macabro, lo hizo circular de mesa en mesa”.
El médico de cabecera de Obregón —Enrique Osornio— también lo encontró en aquel lugar y decidió rescatarlo. Salió del burdel cargando el frasco y se lo entregó a uno de los “viudos” del general, su ex secretario particular, Aarón Sáenz. Sáenz era entonces regente de la ciudad de México. Se encargó de convencer al presidente Cárdenas de que había llegado la hora de levantar un monumento dedicado al Manco de Celaya. La idea fue tan bien recibida que incluso se decidió colocar allí el lúgubre frasco.
La inauguración ocurrió en julio de 1935, veinte años después del granadazo. El doctor Osornio y el propio Aarón Sáenz bajaron de un auto, sacaron el famoso frasco de una bolsa de papel que tenía impreso el anuncio “Ultramarinos La Sevillana”, y con gesto muy solemne —parecía que estaban depositando el cuerpo mismo del caudillo— colocaron el brazo mutilado en el nicho principal del monumento. Además de unos versos del gran tribuno Jesús Urueta, se inscribió esta frase:
Paladín de las instituciones,
Abatió el pretorianismo.
Su genio militar lo elevó
hasta las cimas insuperables
que en la América nuestra
sólo alcanzaron Morelos y Bolívar.
¿Dije que el pueblo mexicano tiene una extraña relación con los miembros de sus próceres? Desde que se llevaron el brazo para incinerarlo, casi nadie visita el monumento dedicado a la sombra del caudillo.
1.     Qué relata esta crónica?
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1946. La calavera de Hernán Cortés

Lucas Alamán murió en 1853 sin revelar el enigma que había atormentado a los historiadores de su tiempo. ¿En dónde estaban los huesos de Hernán Cortés? La osamenta del conquistador se hallaba perdida desde 1836. José María Luis Mora propaló la versión de que alguien los había sacado del país en secreto. Joaquín García Icazbalceta relató que cada que le preguntaban por el paradero de los restos, Alamán cambiaba de conversación con cualquier pretexto. En 1920 los huesos seguían sin aparecer. Carlos Pereyra aseguró en 1920 que la renuencia de Alamán a abordar el tema se debía con seguridad a la existencia de un pacto secreto.
Cortés murió en Sevilla en 1547. En el mausoleo que se le destinó, su hijo Martín hizo grabar este epitafio, bello y sombrío:
Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.
Pero Hernán Cortés no tuvo paz ni antes ni después de su muerte. En el testamento que redactó apenas dos meses antes del fin, ordenó que sus restos fueran devueltos a la Nueva España y sepultados en un convento que a costa suya, y antes de un plazo de diez años, debía ser construido en Coyoacán. Sus deudos lo sepultaron en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla; alegando “necesidades de espacio” sacaron los restos tres años más tarde, para depositarlos en el altar de Santa Catarina. La última voluntad del conquistador tardó quince años en ser cumplida. Volaba el año de 1566, cuando zarpó la nave encargada de transportar el ataúd al reino que don Hernando había conquistado. El convento de Coyoacán no pasó de ser una quimera: la cláusula más olvidada del testamento. Al llegar a tierra, los restos fueron conducidos a la iglesia de San Francisco de Texcoco, en donde, ¡séale la tierra leve!, yacían los restos de la madre del conquistador, doña Catalina Pizarro.

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Terminó el siglo XVI, se cumplió el primer centenario de la Conquista, y al poco tiempo, 1629, murió el último descendiente de Cortés en línea masculina: Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle. Don Pedro fue sepultado con pompa en el templo de San Francisco. El virrey de Guadalcázar mandó que los restos de su ilustre antepasado fueran a reposar al sitio en que “tomó descanso el último de sus herederos varones”. En un sepelio majestuoso, en el que unos trescientos frailes marcharon en procesión por el Empedradillo (desde el actual Monte de Piedad, donde estuvieron las casas de Cortés), la urna forrada de terciopelo, en la que había sido depositada la osamenta “del famoso campeón e invencible Hércules de Extremadura”, fue colocada, primero, en un pequeño nicho del Sagrario y años más tarde “debajo del altar mayor”. La llave que abría esa urna pasó de mano en mano durante 165 años entre los frailes sacristanes del convento de San Francisco; en 1763, el padre Francisco de Ajofrín tuvo la calavera entre las manos. Escribió en el diario de sus viajes que en la urna se leía, en letras doradas:

Ferdinandi Cortes osa servantur hic famosa

Llega 1790. Revillagigedo ordena que los restos sean llevados al templo del Hospital de Jesús —que el propio Cortés fundó en los años inmediatos a la Conquista— para que ocupen el “magnífico sepulcro” que han diseñado José del Mazo y Manuel Tolsá. La ceremonia es solemne y suntuosa. La osamenta es envuelta en una sábana de Cambray bordada de seda negra. Ha llegado a su sexto sitio de reposo: el que, según todo lo indica, será su última sepultura.
Pero no es así. No fue así. En 1823, huesos más ilustres llegan a la ciudad de México para ser honrados en la Catedral Metropolitana. Son los restos de Hidalgo, de Morelos, de media docena de insurgentes. La visión de aquellas osamentas sagradas desata el fervor nacionalista. Por la ciudad circulan impresos que incitan al populacho a extraer los huesos de Cortés e incinerarlos en donde antiguamente estuvo el “quemadero” de San Lázaro, una de las plazas donde el Santo Oficio ejercía, en la persona de las brujas, los sométicos y los judaizantes, su ministerio terrible.

La víspera del 16 de septiembre todo pareció indicar que la profanación era inminente. Lucas Alamán, que un año más tarde iba a impedir que la furia nacionalista fundiera la estatua ecuestre de Carlos IV, ingresó al templo en secreto y cambió los huesos a un lugar donde no se les encontrara. Para burlar la vehemencia nacionalista, desmontó los mármoles del sepulcro, que alguien robó poco después, e hizo que un busto de Cortés que Manuel Tolsá había esculpido fuera llevado a Italia. Incluso el “pontífice de los deturpadores de Cortés”, el intelectual liberal José María Luis Mora, creyó que los restos habían salido de México.

Alamán no dijo a nadie dónde se encontraba la osamenta, pero reveló su ubicación en un documento fechado en 1836. Ese documento llegó a manos de la embajada española una vez que las relaciones México-España se restablecieron. La embajada mantuvo la información oculta durante un siglo.
El 11 de noviembre de 1946 el historiador del arte novohispano Francisco de la Maza asistió a una misteriosa reunión a la que lo habían convocado un refugiado español (Fernando Baeza) y un becario cubano de El Colegio de México (Manuel Moreno). Estos personajes le informaron que tenían en su poder la carta que respondía la pregunta que los historiadores se hacían desde el siglo Xix.

Dos años antes, José C. Valadés había buscado la tumba sin éxito alguno. Corría la leyenda de que en 1919 también el capellán del Templo de Jesús se había empeñado en encontrarla, y que lo hizo en forma tan obsesiva que terminó recluido en un manicomio.
De la Maza constató la autenticidad del documento que le mostraban. Era el mismo que Alamán había redactado poco después de esconder los restos. Con el auxilio del historiador Alberto María Carreño, De la Maza obtuvo autorización del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, para llevar a cabo una nueva búsqueda.

Al amanecer del domingo 24 de noviembre de 1946, los dos historiadores, acompañados por Manuel Moreno, Fernando Baeza y un conjunto de notables, entre los que estaban Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros y un bisnieto de Alamán, penetraron en el templo. Carreño dio el primer barretazo. Al caer la tarde, tras una doble hilera de ladrillos, apareció un catafalco: el catafalco que había torturado la imaginación de generaciones enteras. Según la crónica publicada en esos días por El Universal, quienes deambulaban aquel domingo por las inmediaciones de Pino Suárez y República de El Salvador pudieron presenciar el momento insólito en el que cuatro historiadores salieron del templo cargando un ataúd y marcharon por la calle a tropezones, hacia la cercana oficina del director del Hospital de Jesús.
En ese sitio abrieron el catafalco. Los huesos se hallaban dentro de una caja de plomo; el cráneo descansaba en una urna de cristal. El bisnieto de Alamán —no a otra cosa había venido— entregó a De la Maza una llave de oro que había pasado en secreto de padres a hijos. Servía para abrir la cerradura de la urna de vidrio.

Hubo ese instante de expectación del que hablan las novelas. Los restos aparecieron envueltos en un rico pañuelo con galones de oro.

Al momento de su muerte, el “Invencible Hércules de Extremadura” era un viejecillo al que sólo le quedaba el colmillo superior izquierdo.

Al día siguiente, al término de un acto oficial, el secretario Torres Bodet subió al automóvil del presidente Manuel Ávila Camacho y le informó del hallazgo. Le dijo también que los historiadores deseaban rendir homenaje a los restos del conquistador. Ávila Camacho respingó. Un homenaje, dijo, sólo iba a servir para azuzar “una vieja discordia histórica, estéril, interminable”. Ordenó que el INAH realizara la autentificación de los restos y volviera a enterrar los huesos en el mismo sitio.

El informe de antropología forense mostró que el esqueleto estaba surcado por diversas huellas de lesiones patológicas. Cortés tenía el tabique nasal desviado y severas contusiones en omóplatos, fémures, tibias y peronés: las huellas de la Conquista. Su osamenta se hallaba marcada, además, por diversos procesos infecciosos. Había padecido tifoideas y disenterías. Al llegar la muerte, la mayor parte de sus huesos estaban arqueados e hipertrofiados.

La tumba volvió a cerrarse. Nadie celebró el hallazgo de esos huesos que llevaban años perdidos. El único homenaje que se les permitió: una placa que enmarcaba las dos fechas:

Hernán Cortés
1485-1547