Recuerda que…comenzábamos, con el análisis de
la novela que leyeron.
Las
actividades a realizar, serán las que debían hacer en clase (45 minutos por
actividad) (tomando en cuenta la fecha del 18 de marzo al 3 de abril del 2019)
Las
actividades, me las podrán mandar al correo (mtsrespa@gmail.com)
por día, semana o el primer día de cleses (20 de abril) (si tienen la libreta
en casa, pueden realizarlas en la misma; si no, lo pueden hacer, en hojas o una libreta extra (si hubiera alguna
corrección y las actividades me las
enviaron, la realizaré, por el mismo medio) (le tomas foto, a las actividades y
las envías)
Si
hay dudas, me las pueden hacer llegar, por el correo (contestaré lo más pronto
posible)
Act. 1 Analiza (los personajes principales)
protagonistas y antagonistas. Características físicas y sicológicas.
-
Tiempo en que transcurre la
historia.
-
Describe la época, en que
transcurre.
-
Describe los espacios (lugares)
-
Parafrasea la introducción,
desarrollo, clímax y conclusión.
Act. 2 Redacta 5 aspectos que te gustaron de
la novela y argumenta tu respuesta.
Act. 3 Redacta 5 aspectos que no te hayan gustado
y argumenta.
Act. 4 Lee la siguiente crónica y responde las
preguntas.
1823. La ciudad cambia de muebles
Hay un relato que afirma que la campana más
antigua de la Catedral fue fundida con uno de los cañones con que Cortés tomó
Tenochtitlan. Ya se sabe: las leyendas son amasijos, artefactos que funden lo
histórico, lo maravilloso. A mí me gusta pensar, sin embargo, que gracias a
aquella campana en la ciudad de México se pudo escuchar el fragor de la
Conquista convertido en música.
Italo Calvino escribe que todas las
ciudades del mundo han sido construidas con remiendos de otras: con los mármoles
de Ravena, algún día se engalanó Aquisgrán. En un tiempo muy lejano, de la lava
de los volcanes surgió el tezontle con que se hicieron los templos de la ciudad
azteca. Con esa misma piedra los conquistadores españoles levantaron otra
ciudad, una ciudad de lava petrificada: la capital de la Nueva España. El
templo de Huitzilopochtli se transformó de ese modo en hospital o en colegio;
con los bloques extraídos del Calmecac se construyó la antigua Catedral.
Todo se recicla en el gran horno de la
historia. Mientras se destruye y se reinventa, la ciudad conserva algunos
trastes, unos pocos cachivaches que va arrastrando de un sitio a otro. En 1823,
ofendido porque el hermoso Caballito de Tolsá pisaba con una de las patas
traseras un carcaj y unas flechas (símbolo de la dominación española sobre los
aztecas), el héroe de la Independencia Guadalupe Victoria ordenó que la estatua
fuera retirada y convertida en monedas. El historiador Lucas Alamán impidió que
aquel crimen fuera consumado y, para aplacar el furor patriótico del general
Victoria, propuso que el Caballito fuera apartado de la vista del público. La
estatua ecuestre de Carlos IV quedó encerrada durante treinta años en el patio
de la Universidad. De las cuatro soberbias puertas de hierro que la rodeaban,
tres fueron fundidas y enviadas a la Alameda en forma de bancas. La única que
sobrevive se halla a la entrada del Castillo de Chapultepec: es precisamente la
puerta por la que se entra al gran patio, la puerta que cruzaron, de
Maximiliano a Lázaro Cárdenas, una veintena de mandatarios (el Castillo dejó de
ser residencia presidencial el 3 de febrero de 1939).
A finales del siglo XVIII el Cabildo
decidió embellecer el atrio de la Catedral. En un santiamén instaló en la
banqueta ciento veinticinco pequeños postes unidos entre sí por elegantes
cadenas de hierro. En ese sitio, bajo la copa de fresnos recién plantados,
surgió uno de los puntos de reunión más deliciosos de la metrópoli, “un mundo
de ensueño, de conversaciones románticas, de felicidad hurtada a los vaivenes
políticos”: el Paseo de las Cadenas, un gran centro de sociabilidad informal al
que la gente de tono acudía al caer la tarde para presenciar, entre otras
cosas, el espectáculo de una sociedad orgullosa de sí misma.
En 1881 los postes fueron retirados y
recluidos no se sabe dónde. Lo cierto es que más de un siglo después, en 1967,
algunos de ellos fueron reutilizados en las obras de embellecimiento de la
antigua plaza de Santa Catarina, en la esquina de Brasil y Nicaragua. Resulta
extraño verlos: son los mismos que aparecen en las litografías, en centenares
de fotos color sepia, aunque no columpian ahora a los aristócratas de los que
hablaban, en el siglo XIX, las crónicas periodísticas, sino a la corte de
indigentes que pululan por esos rumbos.
En 1897 el arquitecto francés Émile
Bénard ganó el concurso que le dejaría construir el nuevo Palacio Legislativo,
un suntuoso edificio que el gobierno porfiriano deseaba convertir en su máximo
emblema. Bénard encomendó al brillante Jesús F. Contreras la fundición de un
águila que iba a coronar la cúpula del recinto, y le compró al famoso escultor
animalista francés Georges Gardet un par de leones, con los que pensaba adornar
la magna escalinata del Palacio.
La Revolución mexicana truncó el sueño
de Bénard. Del máximo emblema del porfiriato sólo quedó la cúpula, que no es
otra cosa que nuestro actual Monumento a la Revolución. El águila fue
embodegada; los leones escaparon del circo al que originalmente habían sido
destinados, y desde 1921 custodian la entrada al Bosque de Chapultepec. En 1940
Luis Lelo de Larrea sacó de las sombras el águila esculpida por Contreras y la
colocó en la cima de un adefesio conocido como Monumento a la Raza.
A principios del siglo XX el
injustificable manoteo de un hombre ilustrado, el eminente secretario de
Instrucción Pública Justo Sierra, provocó la demolición de la Real y Pontificia
Universidad de México (uno de los tres edificios barrocos más bellos de la
ciudad, según dictamen de Francisco de la Maza). El odio de Sierra por la
antigua universidad católica —que en su opinión, durante trescientos años no
había hecho otra cosa que “argüir y redargüir aparatosos ejercicios de
gimnástica mental, en presencia de arzobispos y virreyes”— le llevó a confundir
“las piedras con las ideas”.
La portada del salón general del
edificio se salvó de milagro. Aquel tesoro del arte barroco, obra del
arquitecto Ildefonso Iniesta Bejarano (autor de las fachadas de la Santa
Veracruz, el Oratorio de San Felipe Neri y la iglesia de la Santísima, entre
otras) fue desmontado y almacenado en una bodega. De ahí lo sacó en 1923 el
extraordinario José Vasconcelos, quien lo mandó reconstruir y más tarde
empotrar en la fachada del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Este gesto
de Vasconcelos permitió que un eco del mundo colonial siguiera latiendo entre
nosotros (las puertas de entrada de la Universidad fueron compradas por el
University Club a un anticuario: hoy sirven como guardapolvos en una de las
habitaciones de ese club).
En 1910, año en que el Reloj Chino fue
colocado en el viejo paseo de Bucareli, una fuente diseñada por Manuel Tolsá,
que se hallaba en ese sitio, salió desterrada hacia la remota plaza de Loreto.
Es un alivio verla ahí porque, durante continuas y sucesivas mudanzas, los
veleidosos Justo Sierra de la ciudad no sólo cambian de lugar los muebles. Por
lo general, los tiran.
1. ¿Qué relata esta crónica?
2. ¿Cuál supones que es su propósito?
3. ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4. ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5. Redacta una paráfrasis.
1860. La leyenda de
los túneles secretos
En la década de 1860 la Reforma
exclaustró a las órdenes religiosas e innumerables conventos quedaron
abandonados. Algunos se convirtieron en calles. Otros, en vecindades. Los
obreros que demolían los muros de Santo Domingo, uno de los edificios
religiosos más antiguos de la ciudad, encontraron trece momias emparedadas, en
perfecto estado de conservación. Una de ellas era, al parecer, la del célebre
fray Servando Teresa de Mier. Se le encontró con las ropas deshechas y largas
madejas de cabello gris. Las momias fueron expuestas a la curiosidad pública y
luego compradas por un empresario circense que las exhibió en Europa como
“víctimas de los atroces crímenes de la Inquisición”.
Como toda ciudad antigua, la de México
suele seducir a sus habitantes cuando abre los baúles donde guarda historias no
contadas: sus objetos perdidos. Todos se congregan entonces alrededor de la
anciana aristócrata, para escucharla.
La soberana de los lagos tenía muchas
historias que contar aquellos días. Los edificios centenarios a los que la
piqueta de la Reforma iba convirtiendo en polvo mostraba por vez primera
secretos escondidos por siglos. La prensa de la época hablaba de tesoros
fabulosos que los encargados de la demolición hallaban en las tumbas de los
frailes. Cálices y copones de oro. Santísimos Sacramentos repletos de
esmeraldas y rubíes. Fortunas escondidas en las tumbas de las monjas.
Y también, de historias sobre túneles y
pasadizos que conectaban, secretamente, la Catedral y las iglesias principales.
Había nacido una leyenda urbana que
durante siglo y medio iba a seducir, con su promesa incumplida, a los
habitantes de México.
En los primeros años del siglo pasado,
un reportero de El Imparcial aseguró que había
caminado “bajo el suelo de México”. En los años dorados de su ministerio, la
década de 1930, un cronista de El Universal, Jacobo
Dalevuelta, afirmó que había explorado una galería subterránea que partía del
ex convento del Carmen. Su crónica causó revuelo en una ciudad en la que todos
habían escuchado relatos asociados con túneles secretos: pasajes subterráneos
que los poderosos del tiempo virreinal utilizaban “para huir expeditamente”
—decía Dalevuelta— o “para moverse sin ser vistos”.
Aquellas crónicas comprobaban lo que
todos sabían desde siempre: que bajo nuestros pies se hallaba una ciudad
oculta, un húmedo y oscuro sistema de laberintos donde se habían gestado las
historias predilectas de la tribu: leyendas sobre monjas, fetos y tesoros
enterrados, torturas, crímenes y aparecidos. Ni la construcción del Metro, que
entró a saco en el subsuelo de las principales calles del centro, ni los
alarmantes niveles de hundimiento que la urbe registró en el siglo XX (hoy estamos
diez metros por debajo del nivel en que caminaba la gente del porfiriato)
lograron demoler el pedestal de cemento armado en que descansaron siglo y medio
de “certezas”.
Tomo un taxi en Paseo de la Reforma. Al
volante hay un chofer deseoso de platicar. No recuerdo cómo me embrolla. Sólo
sé que la anciana aristócrata ha abierto el baúl y que el conductor me tiene
fascinado con esta revelación: la línea 2 del Metro no termina, como todos
creemos, en Cuatro Caminos. No. La línea 2 del Metro continúa hasta el Campo
Militar, donde existe una estación secreta, pensada para movilizar al ejército
hacia el centro, en caso de que ocurran disturbios. “Lógico —dice el taxista—,
¿usted cree que el gobierno no ha pensado cómo mover al ejército en horas
pico?”.
Esa noche busco en Google “Misterios del
Metro” y “Pasadizos subterráneos en la ciudad de México”. No sé si estoy en
1860, en 1930, o en la segunda década del siglo XXI. No lo sé: hay gente que
asegura que existe una estación oculta —“una interestación”, le llaman— entre
las estaciones Constituyentes y Auditorio, que sirve para salvaguardar, en caso
de guerra, la integridad de la familia presidencial. Hay gente que asegura que
en los centros comerciales de Santa Fe e Interlomas existen pasadizos “para que
la gente VIP de la ciudad se pueda mover de un lugar a otro, sin ser
reconocida, y sin peligro de ser secuestrada”. Hay incluso un internauta que
confiesa: “El único túnel real y verdadero que existe en el DF corre del
Palacio Nacional hasta Los Pinos y es por razones de seguridad nacional. No te
diré nada al respecto, pero yo lo he recorrido”.
En ese mundo inquietante la Catedral se
comunica con Santo Domingo, la Santísima y Santa Teresa. En ese mundo
inquietante existe un túnel “en el que cabe un auto”, para que el presidente
pueda ir del Palacio Nacional a San Lázaro. En ese mundo hay sectas oscuras que
desde tiempos de la Colonia realizan misteriosos rituales en galerías
soterradas a las que no ha tocado nunca la luz del sol. En ese mundo
inquietante hay leyendas de frailes jesuitas que en la época de la Colonia se
perdieron para siempre bajo la tierra en laberintos cuya ubicación fue
protegida por votos de silencio.
Y hay, también, sacristanes, veladores,
meseros de rancios restaurantes que afirman que alguna vez pudieron constatar
dichos prodigios.
Apago la computadora con un escalofrío.
La ciudad oculta me ha alcanzado. Esta noche parece más viva que la nuestra.
1. Qué relata esta crónica?
2. ¿Cuál supones que es su propósito?
3. ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4. ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5. Redacta una paráfrasis.
1915. La mano de
Obregón
Una mañana de sábado de hace muchos años
vi por primera vez la reliquia más insigne de la Revolución. Una mano engarrotada,
amarillenta, con las uñas de los dedos bien cortadas, que flotaba en un frasco
de formol. La mano que Álvaro Obregón perdió en Santa Ana del Conde, en 1915.
Desde 1935 ocupaba el lugar de honor de un monumento dedicado al general, y
erigido en el sitio en donde alguna vez estuvo el restaurante La Bombilla.
Una amiga que me acompañaba aquel sábado
a caminar por San Ángel, me hizo notar que la línea de la vida del general era
bastante larga. Obregón murió, sin embargo, antes de cumplir 50 años.
Inquieta la relación del pueblo mexicano
con los órganos, los miembros y las extremidades de sus próceres: la pierna de
Santa Anna, la cabeza de Villa, la lengua de Belisario. La mano pulposa y
desgarrada de Obregón —unas tiras de tejido que bajaban por el brazo le
colgaban atrozmente— fue exhibida en aquel monumento durante 58 años, hasta que
el gobierno de Salinas de Gortari tomó la decisión de incinerarla. En 1989 una
urna que contenía las cenizas fue llevada a Huatabampo: ahora reposa junto a
los restos del caudillo.
Que yo sepa, nadie se preguntó jamás
dónde estuvo el brazo mutilado de Obregón entre 1915, en que fue arrebatado por
una granada, y 1935, fecha en que reapareció para ser exhibido en el monumento
que el arquitecto Enrique Aragón levantó para ese efecto. En Álvaro Obregón. Fuego y cenizas de la Revolución Mexicana el
historiador Pedro Castro hace un relato digno de la pasión mexicana por los
miembros de sus próceres.
Una granada villista dejó pendiendo como
un hilacho el brazo derecho del general. El mayor Cecilio López se lo acabó de
cercenar. Enfermeros de Sanidad Militar lo metieron en un frasco de formol. Era
el 3 de julio de 1915. Obregón diría después que para encontrar el brazo entre
la multitud de cuerpos caídos en batalla, uno de sus ayudantes sacó del
bolsillo un azteca de oro y lo lanzó al
aire: “Inmediatamente, el brazo se alzó del suelo y lo atrapó”.
El general Francisco R. Serrano, que en
aquellos años aún era amigo de Obregón —una década más tarde sería asesinado en
Huitzilac por órdenes del caudillo—, pidió que le entregaran la extremidad,
“para conservarla como un recuerdo de aquella acción guerrera inolvidable”.
Quienes tenían el brazo en su poder, se lo entregaron. Esa misma noche Serrano
decidió correrse una parranda como las que narra Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo. Cuando volvió en sí, ya no
estaba el brazo. Unas prostitutas se lo habían robado.
Obregón fue asesinado en La Bombilla por
un supuesto caricaturista que se acercó a mostrarle sus dibujos. En algún
momento del lustro que siguió, el brazo apareció en un burdel de la avenida de
los Insurgentes. El primer nicho donde se le exhibió estuvo en la sala
principal de aquel negocio. Los parroquianos que llegaban al prostíbulo lo
miraban a veces con burla, a veces con asco. Castro relata que durante una
francachela encabezada por el general Eugenio Martínez, otro enérgico
obregonista que terminó perseguido por el grupo sonorense, “algún chistoso
extrajo el brazo amputado de su depósito y, en juego macabro, lo hizo circular
de mesa en mesa”.
El médico de cabecera de Obregón
—Enrique Osornio— también lo encontró en aquel lugar y decidió rescatarlo.
Salió del burdel cargando el frasco y se lo entregó a uno de los “viudos” del
general, su ex secretario particular, Aarón Sáenz. Sáenz era entonces regente
de la ciudad de México. Se encargó de convencer al presidente Cárdenas de que
había llegado la hora de levantar un monumento dedicado al Manco de Celaya. La idea fue tan bien recibida que
incluso se decidió colocar allí el lúgubre frasco.
La inauguración ocurrió en julio de
1935, veinte años después del granadazo. El doctor Osornio y el propio Aarón
Sáenz bajaron de un auto, sacaron el famoso frasco de una bolsa de papel que
tenía impreso el anuncio “Ultramarinos La Sevillana”, y con gesto muy solemne
—parecía que estaban depositando el cuerpo mismo del caudillo— colocaron el
brazo mutilado en el nicho principal del monumento. Además de unos versos del
gran tribuno Jesús Urueta, se inscribió esta frase:
Paladín de las instituciones,
Abatió el pretorianismo.
Su genio militar lo elevó
hasta las cimas insuperables
que en la América nuestra
sólo alcanzaron Morelos y Bolívar.
Abatió el pretorianismo.
Su genio militar lo elevó
hasta las cimas insuperables
que en la América nuestra
sólo alcanzaron Morelos y Bolívar.
¿Dije que el pueblo mexicano tiene una
extraña relación con los miembros de sus próceres? Desde que se llevaron el
brazo para incinerarlo, casi nadie visita el monumento dedicado a la sombra del
caudillo.
1. Qué relata esta crónica?
2. ¿Cuál supones que es su propósito?
3. ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4. ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5. Redacta una paráfrasis.
1946. La calavera de Hernán Cortés
Lucas Alamán murió en 1853 sin revelar
el enigma que había atormentado a los historiadores de su tiempo. ¿En dónde
estaban los huesos de Hernán Cortés? La osamenta del conquistador se hallaba
perdida desde 1836. José María Luis Mora propaló la versión de que alguien los
había sacado del país en secreto. Joaquín García Icazbalceta relató que cada
que le preguntaban por el paradero de los restos, Alamán cambiaba de
conversación con cualquier pretexto. En 1920 los huesos seguían sin aparecer.
Carlos Pereyra aseguró en 1920 que la renuencia de Alamán a abordar el tema se
debía con seguridad a la existencia de un pacto secreto.
Cortés murió en Sevilla en 1547. En el
mausoleo que se le destinó, su hijo Martín hizo grabar este epitafio, bello y
sombrío:
Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.
Pero Hernán Cortés no tuvo paz ni antes
ni después de su muerte. En el testamento que redactó apenas dos meses antes
del fin, ordenó que sus restos fueran devueltos a la Nueva España y sepultados
en un convento que a costa suya, y antes de un plazo de diez años, debía ser
construido en Coyoacán. Sus deudos lo sepultaron en el monasterio de San
Isidoro del Campo, en Sevilla; alegando “necesidades de espacio” sacaron los
restos tres años más tarde, para depositarlos en el altar de Santa Catarina. La
última voluntad del conquistador tardó quince años en ser cumplida. Volaba el
año de 1566, cuando zarpó la nave encargada de transportar el ataúd al reino
que don Hernando había conquistado. El convento de Coyoacán no pasó de ser una
quimera: la cláusula más olvidada del testamento. Al llegar a tierra, los
restos fueron conducidos a la iglesia de San Francisco de Texcoco, en donde,
¡séale la tierra leve!, yacían los restos de la madre del conquistador, doña
Catalina Pizarro.
1. Qué relata esta crónica?
2. ¿Cuál supones que es su propósito?
3. ¿Hay elementos ficticios en la narración? Explica tu respuesta.
4. ¿La narración da saltos temporales? Explica tu respuesta.
5. Redacta una paráfrasis.
Terminó el siglo XVI, se cumplió el
primer centenario de la Conquista, y al poco tiempo, 1629, murió el último
descendiente de Cortés en línea masculina: Pedro Cortés, cuarto marqués del
Valle. Don Pedro fue sepultado con pompa en el templo de San Francisco. El
virrey de Guadalcázar mandó que los restos de su ilustre antepasado fueran a
reposar al sitio en que “tomó descanso el último de sus herederos varones”. En
un sepelio majestuoso, en el que unos trescientos frailes marcharon en
procesión por el Empedradillo (desde el actual Monte de Piedad, donde
estuvieron las casas de Cortés), la urna forrada de terciopelo, en la que había
sido depositada la osamenta “del famoso campeón e invencible Hércules de
Extremadura”, fue colocada, primero, en un pequeño nicho del Sagrario y años
más tarde “debajo del altar mayor”. La llave que abría esa urna pasó de mano en
mano durante 165 años entre los frailes sacristanes del convento de San
Francisco; en 1763, el padre Francisco de Ajofrín tuvo la calavera entre las
manos. Escribió en el diario de sus viajes que en la urna se leía, en letras
doradas:
Ferdinandi Cortes osa servantur hic
famosa
Llega 1790. Revillagigedo ordena que los
restos sean llevados al templo del Hospital de Jesús —que el propio Cortés
fundó en los años inmediatos a la Conquista— para que ocupen el “magnífico
sepulcro” que han diseñado José del Mazo y Manuel Tolsá. La ceremonia es
solemne y suntuosa. La osamenta es envuelta en una sábana de Cambray bordada de
seda negra. Ha llegado a su sexto sitio de reposo: el que, según todo lo
indica, será su última sepultura.
Pero no es así. No fue así. En 1823,
huesos más ilustres llegan a la ciudad de México para ser honrados en la
Catedral Metropolitana. Son los restos de Hidalgo, de Morelos, de media docena
de insurgentes. La visión de aquellas osamentas sagradas desata el fervor
nacionalista. Por la ciudad circulan impresos que incitan al populacho a
extraer los huesos de Cortés e incinerarlos en donde antiguamente estuvo el
“quemadero” de San Lázaro, una de las plazas donde el Santo Oficio ejercía, en
la persona de las brujas, los sométicos y los judaizantes, su ministerio
terrible.
La víspera del 16 de septiembre todo
pareció indicar que la profanación era inminente. Lucas Alamán, que un año más
tarde iba a impedir que la furia nacionalista fundiera la estatua ecuestre de
Carlos IV, ingresó al templo en secreto y cambió los huesos a un lugar donde no
se les encontrara. Para burlar la vehemencia nacionalista, desmontó los
mármoles del sepulcro, que alguien robó poco después, e hizo que un busto de
Cortés que Manuel Tolsá había esculpido fuera llevado a Italia. Incluso el
“pontífice de los deturpadores de Cortés”, el intelectual liberal José María
Luis Mora, creyó que los restos habían salido de México.
Alamán no dijo a nadie dónde se
encontraba la osamenta, pero reveló su ubicación en un documento fechado en
1836. Ese documento llegó a manos de la embajada española una vez que las
relaciones México-España se restablecieron. La embajada mantuvo la información
oculta durante un siglo.
El 11 de noviembre de 1946 el
historiador del arte novohispano Francisco de la Maza asistió a una misteriosa
reunión a la que lo habían convocado un refugiado español (Fernando Baeza) y un
becario cubano de El Colegio de México (Manuel Moreno). Estos personajes le
informaron que tenían en su poder la carta que respondía la pregunta que los
historiadores se hacían desde el siglo Xix.
Dos años antes, José C. Valadés había
buscado la tumba sin éxito alguno. Corría la leyenda de que en 1919 también el
capellán del Templo de Jesús se había empeñado en encontrarla, y que lo hizo en
forma tan obsesiva que terminó recluido en un manicomio.
De la Maza constató la autenticidad del
documento que le mostraban. Era el mismo que Alamán había redactado poco
después de esconder los restos. Con el auxilio del historiador Alberto María
Carreño, De la Maza obtuvo autorización del secretario de Educación, Jaime
Torres Bodet, para llevar a cabo una nueva búsqueda.
Al amanecer del domingo 24 de noviembre
de 1946, los dos historiadores, acompañados por Manuel Moreno, Fernando Baeza y
un conjunto de notables, entre los que estaban Manuel Toussaint, Manuel Romero
de Terreros y un bisnieto de Alamán, penetraron en el templo. Carreño dio el
primer barretazo. Al caer la tarde, tras una doble hilera de ladrillos,
apareció un catafalco: el catafalco que había torturado la imaginación de generaciones
enteras. Según la crónica publicada en esos días por El Universal, quienes deambulaban aquel domingo por las
inmediaciones de Pino Suárez y República de El Salvador pudieron presenciar el
momento insólito en el que cuatro historiadores salieron del templo cargando un
ataúd y marcharon por la calle a tropezones, hacia la cercana oficina del
director del Hospital de Jesús.
En ese sitio abrieron el catafalco. Los
huesos se hallaban dentro de una caja de plomo; el cráneo descansaba en una
urna de cristal. El bisnieto de Alamán —no a otra cosa había venido— entregó a
De la Maza una llave de oro que había pasado en secreto de padres a hijos.
Servía para abrir la cerradura de la urna de vidrio.
Hubo ese instante de expectación del que
hablan las novelas. Los restos aparecieron envueltos en un rico pañuelo con
galones de oro.
Al momento de su muerte, el “Invencible
Hércules de Extremadura” era un viejecillo al que sólo le quedaba el colmillo
superior izquierdo.
Al día siguiente, al término de un acto
oficial, el secretario Torres Bodet subió al automóvil del presidente Manuel
Ávila Camacho y le informó del hallazgo. Le dijo también que los historiadores
deseaban rendir homenaje a los restos del conquistador. Ávila Camacho respingó.
Un homenaje, dijo, sólo iba a servir para azuzar “una vieja discordia
histórica, estéril, interminable”. Ordenó que el INAH realizara la
autentificación de los restos y volviera a enterrar los huesos en el mismo
sitio.
El informe de antropología forense
mostró que el esqueleto estaba surcado por diversas huellas de lesiones
patológicas. Cortés tenía el tabique nasal desviado y severas contusiones en
omóplatos, fémures, tibias y peronés: las huellas de la Conquista. Su osamenta
se hallaba marcada, además, por diversos procesos infecciosos. Había padecido
tifoideas y disenterías. Al llegar la muerte, la mayor parte de sus huesos
estaban arqueados e hipertrofiados.
La tumba volvió a cerrarse. Nadie
celebró el hallazgo de esos huesos que llevaban años perdidos. El único
homenaje que se les permitió: una placa que enmarcaba las dos fechas:
Hernán Cortés
1485-1547
1485-1547




